sábado, 5 de abril de 2014

La paz de Marta

Le dolían las costillas, golpeadas contra la nevera, y sentía un fuerte dolor en las piernas, posiblemente se había dado un buen golpe en la caída. Los oídos le zumbaban, notaba el sabor de la sangre en sus labios, y sentía cómo caía desde su barbilla, en medio del silencio que la rodeaba, o el silencio que la rodeaba a ella.
Los golpes la habían dejado así, golpes sin miramientos, impactos fieros, sin control. Había terminado allí, desmadejada en el hueco entre la encimera y la nevera, sin fuerzas siquiera para mantener la cabeza alta.
Tampoco importaba mucho, porque uno de los ojos se le hinchaba de manera preocupante, pronto se le cerraría del todo y no podría ver nada.
Y a pesar de todo, el dolor le era lejano, como si hubiese superado los límites de lo que podía soportar, y ahora sólo sintiera paz. Cerrar los ojos sería fácil, dejarse mecer en un sueño del que no volvería a despertar, un sueño que la estaba atrapando, en medio del zumbido constante que era ahora su mente.
Ella ya no importaba, nunca había importado. A su madre la odiaba, no le importaba lo que le pasara a ella, del mismo modo que, al parecer, a su madre nunca le había importado lo que sufrían ella y su hermana. Prefería a aquél hombre al que había entregado su corazón, aceptaba sus golpes y lloraba en silencio, aceptaba sus gritos, sus iras, y se limitaba a agachar la cabeza y llorar en silencio. Había acudido a la justicia, pero nadie había hecho nada por ella, y por eso Marta la odiaba, porque no había tenido el valor de devolver ni uno solo de los golpes.
Al principio, todo era maravilloso, un buen hombre, una persona maravillosa que sonreía a todo el mundo, que hacía chistes en público y se mostraba generoso ante los demás, despilfarrando sin preocuparse. Así había sido hasta el día en que se casó con su madre, o tal vez, siempre fue así, pero había estado esperando hasta tener a alguien a quien golpear.
Así se había criado Marta, entre gritos y golpes, pero ya no podía más. Había estallado, harta de ir al instituto dolorida, sin marcas porque él sabía cómo golpear sin dejar marcas, pero dolorida, siempre. Aceptaba el dolor como había hecho su madre, pero se había hartado de aguantarlo.
Y entre los zumbidos de sus oídos destrozados, se abrió paso un grito, el grito de él…, y el llanto de una niña.
Marta gruñó, luchando por controlar un cuerpo roto. Por eso odiaba a su madre, porque no había sabido protegerla a ella, pero sobre todo, porque tampoco había sabido proteger a su hermana. Ana sólo tenía cinco años, no era más que una cría, no merecía los golpes.
Su único ojo descubrió un destello sobre la encimera, un destello de metal que la hizo recordar a su madre, soltando el cuchillo con el que estaba pelando las patatas mientras que su padre la insultaba. ¿Por qué nunca había tenido el valor de devolver ni una mínima parte del daño que había estado recibiendo?
Gruñó de nuevo, notando cómo sus músculos se negaban a obedecer, y un dolor intenso se adueñaba de todo su cuerpo. Los bordes de su visión se volvieron borrosos, no lograba distinguir más que formas difusas de la cocina.
Ana chilló en alguna parte, y a Marta le bastó saber dónde estaba el destello para estirar una mano. Usó la encimera para incorporarse, a pesar de que el dolor la hacía tambalearse.
De pie, notando cómo la sangre le bajaba por el cuello, pudo ver que sobre la encimera había dos cuchillos de cocina. A tientas comprobó que no era un defecto de su visión, que realmente había dos, y tomó uno con cada mano.
Apenas podía ver nada, un ojo hinchado ya, y tan mareada que sólo distinguía formas difusas. Sin embargo, al salir de la cocina, su mente volvió, y la realidad cayó sobre ella al descubrir a su madre, temblando, abrazando algo con fuerza, ocultándolo de su campo de visión.
Logró distinguir un ojo, uno de los ojos aterrados de su hermanita, que estaba chillando. Marta no oía, apenas lograba escuchar nada por encima del zumbido de sus oídos, pero en aquellos momentos, viendo cómo su madre usaba su cuerpo para proteger a Ana, amó a su madre más que en toda su vida.
Él estaba allí, entre Marta y ellas, sosteniendo su rifle. Siempre se había jactado de ser un buen tirador, algunas veces había tenido ocasión de demostrarlo al volver de algún monte, con sus amigos, trayendo con él la carne de algún corzo.
No apuntaba a ningún corzo ahora, ni tampoco a ninguna de sus presas habituales. Apuntaba directamente a Ana, o lo intentaba, porque el cuerpo de su madre lograba ocultarla casi por entero.
Olía fuerte, a licor, y aunque Marta apenas lograba oír nada era evidente que él estaba gritando. Le temblaba todo el cuerpo, y el rifle se agitaba en sus manos, al tiempo que escupía sus insultos.
Marta apretó los puños, cerrándolos alrededor de la empuñadura de los cuchillos. No sabía cómo lograba mantenerse en pie, pero ahora tenía claro que no iba a derrumbarse, no ahora, que su hermana la necesitaba…, y que su madre la necesitaba.
Tal vez gritó, Marta nunca supo si fue un grito o un gruñido de dolor lo que escapó de sus manos cuando se lanzó sobre el sofá, salvando el único obstáculo entre su padre y ella. Él se volvió, y durante un segundo, Marta lo prefirió así.
—¡Mírame cuando te hablo! —solía gritar su padre entre un bofetón y otro, con la cara roja y oliendo a licor.
Mejor así, “mírame ahora, que soy yo la que tiene algo que decir”, pensó Marta, saltando por encima del sofá, sin saber de dónde salían las fuerzas.
Fue un segundo, mientras que su madre y su hermana la miraban, y comprendió de dónde salían las fuerzas.
Un estruendo, un sonido que sí que llegó a sus oídos por encima del zumbido, y más dolor. Sintió el impacto en su pecho, notó cómo la bala salía por su espalda, y las fuerzas cayeron.
Pero ya volaba hacia él, con los cuchillos preparados, y a pesar de todo, disfrutando de la expresión de su padre, de miedo y sorpresa.
—¡Mírame! —logró gritar, notando más sangre en sus labios.
Prefería verle los ojos ahora, ver cómo se abrían mientras que el impulso del cuerpo de Marta empujaba los dos cuchillos a través de su cuerpo, en forma de “v”, atravesándole las clavículas hacia abajo.
Cayeron, los dos rodaron sobre la alfombra, y los gritos de su madre, y sobre todo de su hermana, la hicieron descubrir que podía oír.
Bajo ella, él empezaba a ahogarse en su propia sangre, la miraba con los ojos abiertos, y abría y cerraba la boca sin lograr decir nada. Había sido un monstruo, una especie de dios al que su madre nunca fue capaz de detener.
Una jovencita de dieciséis años había derribado al monstruo, pero Marta ya no podía mover su propio cuerpo.
Notó unas manos que la agarraban, que le daban la vuelta. Su madre la miraba, aterrorizada por lo que estaba pasando. Y Ana, la dulce y pequeña Ana, tan pequeña y con tanto sufrimiento sobre sus hombros. Moqueaba, hipaba en medio de su llanto, pronunciando el nombre de Marta.
Sabía que se moría, que la bala la había terminado de destrozar. No sentía dolor, aunque sí mucho cansancio, y orgullo. Se moría, pero se había llevado con ella a la bestia.
—No dejes que vuelva a pasarle —logró decir.
En el rostro de su madre pudo ver que la había entendido, comprendió que se refería a Ana.
—Nadie volverá a pegarle —juró su madre.
Pero su voz estaba lejos, tan lejos como el dolor. Y la imagen de su madre y su hermana empezó a desvanecerse en medio de una oscura neblina que la cegaba.
El zumbido de sus oídos se apagó.